Un ratito hace cuatro décadas

02/Jul/2013

El Observador, Luis Roux

Un ratito hace cuatro décadas

Diez minutos es el último título de Mauricio Rosencof, un relato de 133 páginas en las que el autor invoca a todos sus fantasmas para convencer a su padre de que él es su hijo, en el infierno que empezó en 1972.
Luis Roux
Diez minutos es el tiempo que tenía Mauricio Rosencof para convencer a su padre de que él era él, su hijo, en una visita al cuartel de Paso de los Toros que había sido permitida justamente para que el padre supiera que su hijo, Mauricio, estaba vivo. Su padre no lo reconoce, sin embargo; no cree que esa persona, transformada por la brutalidad de los interrogatorios, sea su hijo. Su único hijo.
El autor cuenta, en entrevista con El Observador, que eso sucedió a fines de 1972. Las instituciones democráticas aún estaban en pie, aunque tambaleantes. “A mí en particular me había tocado (José Nino) Gavazzo. Zelmar (Michelini) estaba denunciando en el Parlamento y entonces, para demostrar que yo estaba vivo, me llevan a la visita”.
Entonces, el hijo escarba la tierra de la memoria para desenterrar los tesoros más preciados y más exclusivos, aquellos que lo harían inconfundible a los oídos de su padre, los que le devolverían la identidad.
Ese es el argumento de Diez minutos, el último libro de Mauricio Rosencof: “Es una piecita más en un largo puzle que empezó con Memorias del calabozo”, dice el autor. “Hicimos un pacto con el Ñato (Eleuterio Fernández Huidobro); sí salíamos con vida y en condiciones íbamos a dejar testimonio”, añade el autor.
Entonces, cuando salieron en 1985 y ya sin tener que comunicarse en esa clave morse que habían reinventado en la cárcel, Huidobro y Rosencof grabaron 47 casetes. “Es un relato sin adjetivos. Se cuenta el mundo tal cual es”.
Diez minutos es “un párrafo” de esas conversaciones que poblaron 47 cintas. “Algo así como la novela de García Márquez, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, que era un episodio de Cien años de soledad”, explica Rosencof.
El relato, una novela de 133 páginas, es una reconstrucción de la infancia de Rosencof: su casa, su madre, su padre. Eso está contrastado con la realidad de su confinamiento: él y Lolo, el balde de lata que baja y sube cada día. A él le confía no solo sus recuerdos sino sus dudas y sus certezas. También lo interroga y recibe sus respuestas; las más de las veces estas son frías, duras, como el material del que está hecho y la humedad del aljibe.
Con Lolo también discurre sobre filosofía y literatura, sobre realidad y sueños. “En un ambiente así, solo y casi sin poder moverte, no podés vivir en la realidad concreta. Entonces apelá a la memoria, a la fantasía. El problema es que te podés pasar. Si me preguntás cómo hice para no volverme loco, te digo que no sé si lo logré. Yo creo que algunos no nos hemos recuperado; si no, ¿qué hace el Pepe ahí en la plaza Independencia?”.
Poema carcelero
El ritmo del relato es muy rápido, tal vez acelerado por esos 10 minutos tan escasos que se otorgan a la visita. El padre, quien es incapaz de reconocer a su hijo a pesar de las evidencias montadas una sobre otra, desde las sábanas planchadas y los bizcochos de miel, a las palabras en idish que su madre les recitaba a sus plantas.
“Aprendí a escribir de forma concisa, como un poema carcelero. Porque nada sobraba, ni el papel, que eran hojillas de fumar, ni la tinta de la birome”, dice el autor.
El libro fue escrito en estos últimos dos años, mientras Rosencof hacía unas cuántas cosas más.
Entre ellas, una ópera basada en Mussolini, Il Duce, escrita junto a Carlos Maggi y con partitura de Federico García Vigil.
La obra está ensayándose y será estrenada el 12 de diciembre de este año, en italiano y traducida por Diego Simini, como cierre de los festejos de Montevideo Capital Iberoamericana de la Cultura.
Una ópera a estrenarse en italiano, escrita entonces al mismo tiempo que el relato de un infierno real e íntimo que Rosencof vivió durante tanto tiempo. Ambos parecen ejercicios opuestos, pero el escritor no está de acuerdo: “No son tan distintos, porque las dos cosas hablan del fascismo. En el caso de Il Duce se relata una especie de infierno personal de Mussolini, condenado a repetir su ascenso y su final miserable, en el que muere tapado por un uniforme nazi”.
Diez minutos, por su parte, cumple ese objetivo testimonial pactado por Rosencof y Huidobro pero es, sobre todo, un relato íntimo, poético, sobre un hombre que recupera el calor del paraíso desde el dolor del infierno.
FUERA DE LOS DIEZ MINUTOS
CERVANTINO. Rosencof ocupa buena parte de su obra en dar testimonio de esos 13 años preso en condiciones extremas, pero también se toma un buen tiempo para desmitificar las conclusiones. Niega que haya habido alguna convicción ideológica o religiosa que haya dado fuerzas extraordinarias a quienes sobrevivieron; niega que hayan salido fortalecidos por el dolor. Dice que “esas eran las reglas de juego”, y que las conocían cuando quisieron cambiar el orden establecido. E incluso da un paso más hacia la desmitificación de la historia que ha contado en varios libros, citando a Miguel de Cervantes: “Los naufragios que se pueden contar no han sido tan malos”. Solo se permite agregar: “Para los que lo puedan contar”.
JUSTICIA. Sobre el hecho de que José Mujica sea hoy el presidente de la República, Rosencof exclama. “A la mierda, abanico, que se fue el verano”, lo cual debe entenderse como un “quién iba decir” muy alborozado. Sin embargo, Rosencof entiende que el país todavía está muy lejos de cumplir aquellas directivas artiguistas del Reglamento Provisorio de 1815, respecto a la distribución de la tierra para que los más infelices fueran los más privilegiados.
FIESTA. “La vida a veces te entierra; a veces Lázaro se levanta y anda, pero te cierro con esta: ‘la vida es una fiesta’”.